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LEOPOLDO BONÍAS

El Cottolengo Padre Alegre de Madrid en la procesión de Sant Vicent

Comisario de Policía Local
- 11/05/2019
Leopoldo Bonías Leopoldo Bonías

En la vida, hay cosas que no se hacen por dinero. Hay profesiones y actividades que son tan eminentemente vocacionales y requieren tan alto grado de implicación que no hay dinero en el mundo para pagar su correcta ejecución. El cuidado de personas incapacitadas que no pueden valerse por sí mismas es una de ellas. 

Hemos contemplado horrorizados el maltrato de ancianos en residencias en grabaciones que se han dado a conocer a través de los medios de comunicación. Y es que el cuidado de ancianos, discapacitados y niños no puede hacerse sólo por dinero. Las personas que se ocupan de este cada vez más importante segmento de población tienen que pensar que su trabajo no es una mera actividad laboral remunerada sino que tiene un componente elevado de servicio a los demás y por eso me reconforta que existan instituciones como el Cottolengo Padre Alegre que cuidan a enfermos incurables pobres de solemnidad con un cuidado y un cariño que ponen de manifiesto el máximo exponente de la bondad humana.

Más de una hora antes de comenzar la procesión de Sant Vicent se colocaron perfectamente alineados junto a la Puerta de los Hierros de la Catedral de Valencia en diferentes filas varias sillas de ruedas que portaban a personas acogidas en la institución madrileña inspirada por el jesuita que le da nombre y al que atienden las Hermanas Servidoras de Jesús. No pasaba inadvertido el cuidado y cariño que les dispensaban las hermanas y los voluntarios que les acompañaban.

Mientras esperábamos el comienzo de la procesión vicentina, entablé conversación con las religiosas que me explicaron que habían venido desde Madrid de visita a Valencia con las enfermas y se alojaban en el Cottolengo de nuestra ciudad durante su estancia. No pude resistir la tentación de rememorar el episodio que aconteció hace más de veinticinco años cuando la Policía Local de Paterna recuperó una veintena de corderos que fueron encontrados en la zona rural cercana al cauce del Turia sin que fuera posible averiguar su procedencia. 

Un cúmulo de circunstancias hicieron que los corderos "en canal" acabaran en el Cottolengo de Benimaclet transportados por un camión frigorífico tras el preceptivo informe sanitario y, todo ello, tras varios días de infructuosas pesquisas en colaboración de las Fuerzas y Cuerpo de Seguridad del Estado que no localizaron denuncia alguna sobre posible sustracción de los corderos que, además, carecían del crotal de identificación ganadero, por lo que resultaba imposible identificar al dueño. Previa solicitud al Juzgado, se autorizó el traslado al centro benéfico para su donación. En definitiva, un hallazgo providencial que estaba destinado a terminar en el Cottolengo Padre Alegre de Valencia.

Como el perfil de las oyentes era el idóneo, orgulloso ante el éxito de mi relato -la historia encajaba perfectamente en la filosofía del Cottolengo- les invité a que comentaran lo sucedido con las hermanas que se encuentran desde hace muchos años en el centro de Valencia donde se alojaban cuando regresaran al terminar la procesión.

Aunque me considero cercano a los postulados de la Iglesia Católica, desde luego, no pienso que Dios nuestro Señor pusiese los corderos en la Partida de Despeñaperros para que la Policía Local los localizase y que, posteriormente, iluminase e inspirase al pastor que los cuidó en primera instancia a requerimiento de la Policía Local; al que a ustedes se dirige para proponerle al alcalde y al titular del juzgado que se autorizase su sacrificio y donación al Cottolengo; al carnicero que los sacrificó y los despellejó para que fueran transportados en un camión frigorífico y, finalmente, al primer edil y al juez que autorizaron todo lo anterior de forma que el ganado terminase en una institución católica ubicada en el término municipal de Valencia.

Para las Hermanas Servidoras de Jesús, no cabe la menor duda que aquello fue obra de la providencia divina. Para las FF.CC.SS. , los corderos debieron ser robados y los autores del delito los abandonaron al percatarse de la aproximación de la patrulla de la Policía Local al lugar. No llevaban el crotal de identificación porque es costumbre en algunos ganaderos no colocárselos hasta que no los han vendido y va a recogerlos su comprador. El único cabo suelto que falta desde la óptica policial para dar una explicación a lo sucedido es la ausencia de denuncia de la sustracción de los animales por parte de su legítimo propietario y aquí se abren varios escenarios que pudieran dar un razonamiento improbable pero mínimamente aceptable a lo sucedido.

Por obra y gracia de la divina providencia o del simple azar, el caso es que los enfermos del Cottolengo Padre Alegre de Valencia recibieron el amparo de la sociedad valenciana en forma de magníficos y tiernos corderos. Mañana domingo, se celebra la festividad de la Virgen de los Desamparados, verdadero icono religioso protector de los más desfavorecidos y, como reza la última estrofa del Himno de la Verge "Mare dels bons valencians" que un año más asistirán en masa al traslado de su Patrona por la mañana y a la procesión que por la tarde recorrerá las calles del centro de la ciudad por el itinerario de costumbre.

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